
Comprometido en un barco, cuyo capitán dice tener vellos color mar en su rostro. Comienza mi viaje en el término de la celebración de la patria de mi país. Pretendía conocer lugares nuevos de alguien que ya conocía, creo que fue así, un viaje increíble, que en algún momento pensé naufragar.
Creí que el recorrido ya era conocido, pero sorprendentemente el camino me enseño su cambio, que por lo demás era maravilloso.
No sé precisamente cual era mi objetivo al subirme al barco, pero entendí en el trayecto que no era necesario un esquema tan cuadrado, que dejarme llevar por la marea era lo ideal.
Me di cuenta en alta mar que sirenas me querían conquistar, ignoraba sus miradas dedicado a contemplar el bamboleo de la mar. Cuando inevitablemente el tesoro de todo pirata solía presagiar que mi parte del cofre frente a mi solía estar.
Ignorante fui durante años, el tesoro tuve por casi una década, frente a mi habían dos piedras verdes que me miraban con paciencia, si emitieran palabras me harían llorar, ya que años de sentimientos quieren demostrar.
No descanso en paz sabiendo que verdes y radiantes me han de mirar, que el mar no opaca su enorme intensidad, la luna ayuda en su alegre andar y el loco pirata sin más remedio logra naufragar, no quiere tierra quiere de por si el mar, el único lugar seguro para poder conquistar.
Un largo viaje tuve para andar, y cerca de la madrugada el barco arriba de la mar, me bajo del bamboleo que mis pies vieron avanzar, sin más reparo, sin más remedio que los recuerdos que mi mente ha de albergar.
La noche me dio un regalo, dos almendras color verde con la capacidad de mirar, más sinceras que el mismo Dios, más alegres que la misma mar.
Pienso en querer tenerlas, no quiero dejarlas escapar, quiero conservarlas, quiero volverlas a amar. Dos perlas, un tesoro que alcanzar, un vida larga…me consuelo con la mar.
Cristóbal Arrázola
Domingo, 21 de septiembre de 2008
22:36 hrs.